Se habían citado en la vereda ciega detrás del teatro. Cuando le vio venir por la calle oscura, sin rostro, como una silueta recortada y colocada de pronto en el escenario, contuvo el aliento y se agarró fuerte a su cigarrillo. No lograban recordar que se habían citado. Solo esperaba con el deseo de encontrarla frente a frente. Debian repartirse unos libros, unos muebles y un dinero, pero no era el motivo por el que se habían citado.
Parecía una blusa vacía agitándose contra el viento, venia como a diez metros y estaba tan oscuro que no le veía el rostro, ni las manos, ni los dientes. Solo la ropa como flotando y esa forma de caminar que le había copiado hace tiempo. Se alegró al ver que no traía la pañoleta sujetándole el cabello.
Días antes, cuando decidieron dejar la casa para volverse a sus pueblos y no verse más nunca, se les hizo imposible hablar como hacían desde chicas. Les aturdía el eco que resonaba detrás de cada frase pronunciada por cualquiera. Si una decía algo, atropellaba a la otra que le decía lo mismo.
Le dio una calada al cigarro y vio cómo ella exhaló después. Recuerda la primera vez que les ocurrió.
Ambas leían el mismo libreto por el que harían una audición. Ella, en el sofá, oía en su cabeza las líneas del diálogo que pasaba ante sus ojos; la cadencia, el ritmo, la fonética de su lectura se fue distorsionando en la medida que otra voz aparecía después, siguiéndola, como se proyecta silencioso, acompasado. Levanto la mirada y la vio a ella, sentada en la barra de la cocina, murmurando las líneas de su libreto en el mismo punto donde ella estaba. Le hubiera parecido casual de no ser porque el encender un cigarro vio en ella su reflejo: la lengua humedeciendo los labios, la llama saltando de la cerilla y la nube de humo envolviéndole el rostro. Además, el repentino gusto por el salmón, el color del maquillaje, la forma de suspirar y peor aún, la sonrisa, esa que siente tan suya.
Sabían que a partir de esa cita no volverían a verse, pero no podían controlar el impulso que la trajo.
Cuando ella, la otra, le vio parada en y el fondo de la vereda con las manos sobre el busto y esa pañoleta negra recogiéndole la melena, supo que era imposible de persuadirla de cambiar, de que volviera a ser ella. Había adoptado esa pose suya desde hace varios meses, un pie adelante y el otro atrás, cuello ladeado y la pañoleta. Le perdonó que copiara hasta su forma de caminar, pero le tenía molesta el gusto espontaneo por la cocina, los peluches y lo libros eso era ella, y sin eso, ¿que podría ofrecerle al mundo?
El faro amarillo que se derrama sobre ella le proyectaba facciones hacia abajo, dándole un aire siniestro a esa mirada profunda con que intenta verle el rostro. Se detiene a aspirar el cigarro y la otra hace lo mismo. Le molesta tanto como la noche cuando se bañaba, y la oyó reírse como ella… sintió que se había pasado, que estaba bien admirarse, pero robarse la risa era algo inaceptable… incluso llego a sentir que delante de los demás, ella, la otra, era más ella que ella misma y eso no se lo perdonaba.
Pero ahora estaba allí, frente a ella, en aquel rincón oscuro sujetada a su cigarro como al único asidero en el borde de un abismo. Tan aturdida por haber ido sin saber porque lo hacía, presa de un nuevo deseo, de una angustia desconocida.
Una brisa recorrió la calle y levantó una bolsa plástica a la altura del farol. El cabello de ella se volcó sobre su rostro y a la pañoleta de ella se le corrió por el cuello. Y allí ambas, imitándose los gestos con una leve sonrisa dibujada en las mejillas, en una vereda estrecha que las enmarca y las une, afirmada cada una en la negación de la otra, odiando que se necesitan para seguir siendo ellas.

1 Comentario
Dayana López
Hermoso ❤️